Te acordás de aquella consigna que decía:
-Si tuvieras que irte a una isla desierta, qué te llevarías?
Qué salvarías del incendio?
Tu celular, tu plazo fijo, tus botas caras?
Tus fotos, tus libros, el anillo de bodas que dejabas en el cajón?
Un regalo especial, una carta escondida en un bolsillo?
246.499 argentinos contagiados. 4662 argentinos muertos.
Recordar es, cada vez más, no tanto recordar una historia sino ser capaz de evocar una imagen.
(...) Las narraciones pueden hacernos comprender. Las fotografías hacen algo más:
nos obsesionan.
Dice Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, 2003.
Qué obsesión estará dibujando ahora la luz en el fondo del material sensible,
en el latido más visceral del ojo que, aún dormido, no puede parar de mirar?
La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor. Así comienza Cielo de claraboyas, de Silvina Ocampo.
Y dónde se enganchan tus ojos cuando están tristes? En qué reja metafórica paseás la mirada hasta que el tiempo se deshilacha en el aire y te queda poco más que nada.
No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer
que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o
cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto
e inseguro olvido.
Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento,
también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después
no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando
y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo.
Dice Javier Marías en "Tu rostro mañana".
También dice por ahí, al final de otro libro hermoso, "Así empieza lo malo" :
El pasado tiene un futuro con el que nunca contamos.